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VAMOS DE CULO

¡Madre del amor hermoso…, qué culo más grande tiene esa chica! Mira que yo estoy gorda pero no tengo ese pedazo de culo. ¿O sí….? Tengo que adelgazar. Es horrible…, lo que me cuesta ponerme a dieta. Como un montón de fruta y verdura, me encanta, lo malo es que también como mucho de todo lo demás. Soy una boca hambrienta sin control.
Pero mira esa chica, tiene culo, sí, pero es muy guapa. No puedo dejar de mirarla, o mejor dicho, no puedo dejar de mirarlo, ese culo me tiene hipnotizada. Seguro que ha intentado dejar kilos un montón de veces. ¡Joder, tía, no lo hagas!. Estás gordita, vale, pero da gusto mirarte. No mutiles tu belleza natural por una talla 38. Nadie mira un culo de la talla 38. ¡A la mierda la talla 38!.
Me gustan los culos. Soy fan de J.Lo. y Beyoncé. Me gusta esa canción de Will Smith sobre los culos…¿cómo era…?.No quiero ni imaginar lo que debe ser ver a esa chica bailando una de Shakira…, ¡uf…!. Como dice mi hermana: -siempre pensando en lo ‘único’-. A mi me parece que ya va siendo hora de escribir un buen relato erótico. ¿Mi protagonista?, un culo.

NO ES CULPA MÍA

No queda mucho tiempo. Mi cuñado estará a punto de llegar a casa y yo todavía no sé dónde esconder el hacha. No tengo otra opción. Soy joven y no quiero acabar en un reformatorio. Me gustaría estudiar medicina, o quizás biología, y en el mejor de los casos me meterán en una de esas instituciones de salud mental donde te atiborrarán a pastillas. Yo, que nunca me tomo una aspirina.
En el jardín hay una pequeña tumba donde recientemente han enterrado al gato. Podría abrirla y meter ahí el hacha. No sé si me dará tiempo. Mi hermana quería mucho al gato. Se lo regaló mi novia el verano pasado, pero parece que tenía no se qué enfermedad congénita que lo ha matado en unos meses. Tampoco me importaría ser veterinario. La verdad es que no entendí a qué venía ese regalo. No era su cumpleaños y teniendo en cuenta que recientemente se había quedado en paro, no estaban las cosas para celebraciones. Mi cuñado nunca dijo nada, pero se notaba que tenía celos del gato. Del gato.
Llevo más de un año con mi novia. Es un poco mayor que yo y ya está en la universidad. Estudia Historia del Arte. Me la ligué en un museo, o me ligó ella, no lo tengo muy claro, pero lo que nos hizo inseparables fue nuestro amor a la pintura. Yo pinto y a ella le encanta mirar cuadros. Dice que tengo mucho talento y que debería estudiar Bellas Artes. Puede que lo haga. Haría cualquier cosa que me dijera.
Presenté mi novia a mi familia la navidad pasada, en Nochevieja, y desde entonces mi hermana y ella se han hecho íntimas. Siempre me ha sorprendido la facilidad con que las mujeres se hacen amigas del alma y deciden de forma tácita que nunca más irán solas al baño. Lo curioso es que no tienen nada en común, a mi hermana ni siquiera le gusta el arte, así que me resulta imposible imaginar qué es lo que las une.
Ayer me pasé por casa de mi hermana para pedirle consejo. Ella es la persona que mejor me conoce y supuse que me podría ayudar a decidir qué carrera escoger. Tengo llaves de su chalet y sabía que mi cuñado estaba de viaje de negocios, por lo que entré sin llamar. Oí el ruido de la ducha, y me dirigí a la cocina a por una cerveza. Me encanta la cara de mi hermana cuando sale del baño y me encuentra con los pies encima del sofá viendo la tele.
De repente sonó un móvil en el dormitorio. El Réquiem de Mozart. Es lo que se oye cuando la familia de mi novia llama. La puerta del baño se abrió y la ví correr entre risas por el pasillo, desnuda, mojada, hermosísima. Mi hermana salió detrás. Nunca la había visto así, radiante. Cogí mi cerveza, apagué la tele y cerré la puerta procurando no hacer ruido. No soy de montar numeritos.
Llamé a uno de esos amigos colgados que todos tenemos y le pedí que me consiguiera pastillas, grises o azules, de las que por lo visto te hacen olvidar las penas. Nos tomamos una cada uno y bebimos un montón de ron del malo. Lo siguiente que recuerdo es estar en el dormitorio de mi hermana, despertarme en un charco de sangre, y con el hacha de mi cuñado descansando encima de mi pecho. A mi lado, las dos casi duermen, destrozadas, aún con la cara desencajada del miedo, abrazadas, como si así hubiesen podido impedirlo.
Tengo que esconder el hacha. He sido yo pero la culpa no es mía. No recuerdo nada , eso me ayudará a seguir viviendo. Haré medicina. Es lo que hubiese querido mi hermana.

LO QUE HACER

Odio que me digan lo que tengo que hacer. Odio a mi padre. Procuro hacer lo que me pide para no recibir una buena paliza. Hoy no puedo enfrentarme a él. Tengo dos costillas rotas y un ojo morado. Él cuida de mí. Amor paternal.
Me ha mandado a por condones de colores fluorescentes al sex shop de su amigo Roco. El imbécil no puede follar como todo el mundo, tiene que brillar en la oscuridad. Por lo menos hoy el espectáculo es sólo para Sonia, una especie de novia a la que siempre hay que pagar.
Vivimos en un barrio peligroso incluso para los que hemos nacido en él. Siempre me atracan los mismos. No recuerdo la última vez que tuve reloj. Para qué. Así que voy acojonado pensando en los 50 euros que me ha dado mi padre. A él le da igual que sean las tres de la mañana y que yo tenga 11 años, si vuelvo sin un duro duermo en el hospital. Vacaciones pagadas.
Entro en el sex shop. No veo a Roco pero detrás del mostrador hay un hombre canoso, muy alto, vestido de militar, que está cogiendo todo el dinero de la caja y lo está metiendo en una bolsa del Carrefour. Su cara me resulta familiar, será cliente de mi padre. Yo a lo mío. Me dirijo hacia el stand de los condones y cojo los amarillos, los favoritos del ego de mi padre. Me dirijo al mostrador a pagar y veo que Roco está en el suelo, al lado de los consoladores, inmóvil, con la cabeza abierta. A su lado hay un bate manchado de sangre. Casi me meo encima. El tío alto vestido de militar me mira sorprendido. Una cicatriz enorme recorre su mejilla. No dice nada pero me hace un gesto para que me acerque más.
– ¿cuánto le debo?- pregunto asustado.
– Ni idea, pero eres un poco joven para usarlos ¿no? – contesta soltando una carcajada – A ver…, déjame tu carnet, no creo que tengas edad para estar aquí – me dice todavía riendo.
– Son para mi padre – le contesto mientras saco la cartera del bolsillo.
Me la arranca de las manos bruscamente y se pone a examinar su contenido. No puedo dejar de temblar. Me sorprende que preste tanta atención a mi carnet. Noto que su rostro se ensombrece por momentos y le tiendo el billete de 50 euros que guardaba en la mano.
– Tenga, ahí no está el dinero –
– Ya veo… – sonríe de nuevo y me devuelve la cartera – Creo que hoy invita la casa. Vete. Es muy tarde para que un niño ande por la calle. A ver si se entera tu padre.
Guardo el dinero, la cartera, los condones y abandono la tienda. Por lo menos hoy han atracado a otro. Me pregunto si mi padre me dejará algún condón para hacer globitos; han salido gratis. Minutos después, una moto pasa a mi lado. El ruido me molesta. Es el hombre alto vestido de militar. Lleva el bate en la mano y me saluda con él. De lejos parece una de esas espadas medievales que tanto me gustan.
Tardo un rato en llegar a casa, me he parado a comprar algunos bollos en la panadería de Adela. Acaba de abrir. A mi padre y a mí nos encanta el pan caliente. Más vale que tenga algo que llevarse a la boca cuando le cuente lo del Roco.
La puerta del piso está abierta. No me extraña, algún trapicheo paterno de última hora. Oigo gritos que provienen de la habitación de mi padre. ¿Otra bronca con Sonia?, no, discute con un hombre. Me acerco a la habitación y sólo alcanzo a ver cómo el hombre alto vestido de militar va a golpear con el bate a mi padre en la cabeza. Intento detenerlo. Tarde. El hombre me empuja y mi cabeza rompe en mil pedazos el espejo del armario empotrado. Estoy sangrando y no puedo dejar de mirar el cuerpo inmóvil de mi padre. Sorprendentemente ya no estoy asustado.
– No te preocupes por la cicatriz de la cara – me dice sonriendo – ayuda mucho a ligar con las fulanas.
El tío alto vestido de militar sale de casa dando un portazo. Ya no hay nadie que me diga lo que tengo que hacer. No sé qué hacer.

RUIDO

Por la mañana, poco más de las diez, llegó la nevada. Lentamente, la nieve se estrellaba contra el tragaluz del desván sin causar ningún sonido. Eso la tranquilizó. El silencio. Dudó antes de abrir el viejo armario. Sabía que las puertas chirriaban. Buscó las cadenas del coche y las metió en una bolsa de plástico para que no se mojaran. – Qué tontería…- pensó. Ya estaba en la calle cuando decidió volver y cerciorarse de que había cerrado la llave del gas correctamente. Nuevamente comprobó que todas las ventanas estaban cerradas y las persianas bajadas. ¿Había apagado el ordenador?.
Fue un ruido. Sólo un ruido. Un ruido muy pequeño. Justo antes de cerrar la puerta para siempre. – Otra vez no…- susurró temblorosa. Miró una y otra vez en las habitaciones, en la cocina, arriba y debajo de los muebles, en cada rincón último. Su desesperación crecía por momentos pero no era capaz de encontrar el origen de tanto mal, y sin embargo estaba ahí, invisible a sus ojos, torturándola. La casa se reía de ella, su calma la engañaba. Ya no sabía qué buscaba. Ya no había silencio.
Tenía miedo. Un sudor frío recorría su espalda. Afuera su coche se iba cubriendo de un manto blanco. Otro entierro imprevisto. Pronto cerrarían el puerto. Debía darse prisa en colocar las cadenas si quería llegar antes del anochecer. El ruido del motor la ayudó a olvidarse de su propio llanto.
En unas horas había dejado atrás todo lo que habían compartido. Pero ya estaban a salvo. El ruido no había podido con ellos. – Está en tu cabeza…- decía. En el lago arrojó un cadáver y las llaves de la casa. Sólo quedan razones para el olvido. Y el silencio.